Casas iluminadas


Una de las cosas que me ha llamado la atención durante la época navideña en Florida (EEUU) es la iluminación de las casas. Igual se ven bien las casas iluminadas, pero a veces…no será mucho?
Pero en fin, cada uno con sus gustos. Otra cosa digna de destacar es que los estadounidenses no compran a última hora. Pero claro, todo tiene su explicación. Lo que han hecho para lograrlo es muy simple. Cambiaron una celebración nacional, que es el día de acción de gracias (thanksgiving), para el tercer jueves de noviembre (una celebración que debiera ser en marzo). Comienza un weekend de ofertas increíbles el tercer jueves de noviembre. Es lo que llaman el black friday. La madrugada de thanksgiving (las tiendas abren a las 12 de la noche) es la noche donde los comerciantes venden mas que en cualquier otra época del año. La costumbre es entonces aprovechar el fin de semana posterior a thansgiving para hacer las compran de navidad. El comercio gana, no hay compras de última hora, y los empleados pueden disfrutar la navidad junto a sus familias porque en Orlando, Fl el 24/12 a las 8pm ya estaba cerrado el mall.

Ayer me gradue

Termine el Master of Science in Management y recibi mi diploma. Hace dos anhos parecia tan dificil, hoy ya tengo el diploma colgado en la pared de mi casa. Fue impactante escuchar el discurso del rector de la universidad y sentir la mistica que encierra pertenecer a la universidad mas grande del estado de la Florida. Como anecdota les cuento que la nota mas alta de la “class 2006″ fue un Hispano. Grande por el prestigio de nuestra etnia. Para compartirlo con todos ustedes. Igual estoy feliz. De las fotos pequenhas, la de la izquierda es junto a la bandera estadounidense, en la de la derecha aparezco junto al rector de FIU Dr. Modesto Maidique. Gracias por los saludos, es importante para mi saber que leen el blog y que comparten esta alegria conmigo.


Si no fuéramos lo que somos, Pinochet no habría sido lo que es.

Pinochet se fue sin condena. Tampoco pidió perdón a sus victimas. Pinochet murió con asuntos pendientes, dejo conversaciones abiertas, deudas, y rencor. Cobarde actitud. Ahora serán sus familiares los que paguen con la deshonra de la denotación permanente. No me parece humano que así sea. Pero es la forma en que las comunidades aprenden. No me parece humano que familiares aparentemente inocentes paguen por las atrocidades cometidas por su padre o abuelo. Pero esos mismos familiares no hicieron más que sutilmente enorgullecerse por la ignorancia picara de su pariente. Murió el mismo día del cumpleaños de su señora. Una señal de que, quienes gozaron con su prepotencia, pagaran de una u otra manera su sumision. Nunca escuche a su hija una exigencia enérgica pidiendo a su padre pedir perdón por lo cometido. Nunca sentí a sus amigos presionando a Pinochet para reparar en algo tanto dolor causado. Ya no se hizo. Ya no es posible escuchar del propio Pinochet un perdón por el daño que hizo a otros. Tampoco es posible verlo tras las rejas y sentir que, a pesar de su arrogancia, se ha hecho justicia. El Dictador ha muerto. Y lo obrado mal se paga en la tierra. Cobarde Pinochet. Débiles sus amigos y familiares. Le dejaron ir sin dar la cara. Lo escondieron como rata. Fueron ciegos y sumisos. Ahora serán sus cercanos quienes pagaran la deuda que el abuelo dejo con la historia. Siento compasion que así sea. Pero la impunidad esparce gérmenes autoritarios que deben ser denunciados. Muchos disfrazan la soberbia con trapos de picardía. No habrá paz hasta que genuinamente alguno de sus cercanos pida perdón por la omisión cometida. No habrá lección aprendida hasta que sus nietos comprendan que su abuelo obro mal. No habrá reconciliación hasta que todos los hijos de Chile puedan mirar la historia de su patria con la frente en alto. Y digo todos, incluso la descendencia del ex Dictador Augusto Pinochet.

Sombras que caminan

Carlos Peña González
Abogado, Rector Universidad Diego Portales.
El Mercurio de Santiago – Chile

La muerte de Pinochet ni nos redime, ni nos castiga. Ni alivia los dolores que sus crímenes causaron, ni mitiga la vergüenza a que se vió expuesto en sus últimos años, ni provoca pena.
Murió simplemente. Le acaeció la más banal, certera y obvia circunstancia de la condición humana. Que estuviera vivo -después de noventa y un años, una traición solapada, un golpe de estado, dos o tres atentados en su contra, diecisiete años de dictadura, un proceso de modernización cuyos rastros todavía administramos, unos cuantos miles de desaparecidos, el abandono de sus leales y dos o tres desfalcos- ya era una rareza.

Una rareza que un general sin soldados fuera algo más que una simple sombra al sol.

Pero la rareza acabó.

Su muerte en algún sentido lo iguala a cada uno de nosotros (no hay experiencia más democrática que la muerte). Nada de raro entonces. La delantera no más nos lleva, como suele decirse en los velorios con esa mezcla de humor y de verdad.

Con Pinochet muere, sin embargo, algo de cada uno de nosotros. No es la muerte del anciano de la esquina. Es el momento final de quien, a sangre y fuego, para qué estamos con cosas, modernizó al país y, de paso, dejó algo así como tres mil personas desaparecidas, unas cuantas decenas de miles recordando en las noches afiebradas la tortura, y a todos los millones de chilenos con su memoria llena de escenas y de miedos que, para mal de nuestros males, nos acompañarán como una mala sombra durante toda la vida.

Su muerte entonces lo inscribe, para nuestra desgracia, en la memoria, sobre todo ahora, que, puesto el punto final, ya no queda espacio para el perdón. El no alcanzó a pedirlo. Quizá lo musitó en medio de las nubes de la agonía, mientras echaba mano a esa fe que inexplicablemente lo guiaba; pero las víctimas que debían concedérselo no lo oyeron.

No sé si eso podrá significar algo para él a la hora de su muerte. Después de todo, el trágico destino de convertirse en polvo lo alcanzará con o sin perdón. Pero, no hay duda, tiene importancia para cada uno de nosotros que tendremos que vérnosla con ese recuerdo irredento e incorporarlo sin violencia a nuestra identidad.
Después de todo, lo que somos se expresó alguna vez en esa extraña figura de anteojos oscuros, mandíbula al parecer levemente fracturada, hablar vacilante y frialdad sin límites. Si no fuéramos lo que somos, Pinochet no habría sido lo que es.

Sabemos lo que va a pasar con Pinochet. Era polvo y en polvo se convertirá. Si su recuerdo se convertirá en un ángel o en un esperpento dependerá de cada uno de nosotros. Dependerá de la porfía de la memoria o de la futilidad de los afectos.

Sólo resta saber qué pasará con sus partidarios.

Los que lo aplaudían y le celebraban las sandeces en las reuniones del Club de la Unión; los que negándose a reconocer su ignorancia supina preferían llamarla picardía; los que medraron a su sombra; los que hacían piruetas por ganarse su confianza; los que cerraron los ojos una y otra vez para no ver sus tropelías; los que alguna vez recibieron medallas luego de pasar la noche en vela en Chacarillas; los que escribían libros para inscribir la memoria de sus realizaciones; los que se genuflectaban ante él y se despedían retrocediendo; los que alababan los botones y los sombreros de la primera dama; los que una y otra vez pedían mano dura; los que fueron sus amanuenses, sus testaferros y sus testigos; los que revisaban una y otra vez la escolástica completa para encontrar alguna justificación a lo injustificable; ¿dónde estarán en esta hora?
¿Acompañarán su puñado de huesos o estarán al otro lado de la vereda esperando que pase el vendaval?